El eperlano del Delta, Hypomesus transpacificus, es un pez de silueta estilizada que suele medir no más de siete centímetros de largo. Es endémico de la zona mixta de agua salada y dulce del estuario y delta Sacramento-San Joaquín, en el estado estadounidense de California, y su ciclo de vida y baja fecundidad lo han puesto en la lista de especies amenazadas. Las actividades humanas en su hábitat se han limitado con el objetivo de protegerlo.
Pero el estuario suministra agua a tres plantas hidráulicas de la zona del Valle de San Joaquín, entre ellas al Proyecto Hidráulico del Estado de California, el desarrollo energético e hidráulico público más grande del mundo. La conservación del eperlano ha intervenido algunas veces en el suministro de agua desde estas plantas hacia los 25 millones de personas y dos millones de acres de tierras de cultivo que se surten de ellas.
¿Por qué tomarse tanto trabajo por un pececillo que, en palabras de un congresista y de un comentarista de la cadena Fox, no es más que una carnada sin valor y una carpa de dos pulgadas de largo? Peter Moyle, profesor de la Universidad California, ha dado a Los Angeles Times una respuesta filosófica: el pueblo estadounidense ha decidido que no debe exterminar especie tras especie de la faz de la Tierra.
La capacidad del eperlano para adaptarse a las complejas condiciones del delta, explica el diario, son una bendición y una maldición, pues le permite desarrollarse como una especie distinta, pero también limita su hábitat a un área que durante décadas ha funcionado como un grifo gigante para la mayor parte de California.
Pero el delta actual se parece muy poco a su hábitat original. Ha sido drenado, utilizado para la piscifactoría, colonizado por especies invasoras y utilizado como un conducto para enviar el agua desde el norte de California hasta el Valle de San Joaquín y el sur de California.
Vía | www.latimes.com
Fotografía | Peterson, B. Moose / U.S. Fish and Wildlife Service
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